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domingo, 23 de enero de 2011

Un milagro cotidiano

La cena se enfriaba en la mesa. Recuerdo que parecía inusualmente desorientada pero dejé vagar mi mente por el cansancio. Desdoblé la servilleta para ponerla sobre el regazo.
Con la cuchara al borde de los labios escuché su gemido. Enmudecido contemplé su rostro. Un nuevo alarido me levantó de golpe. Mis pies pisaron un charco pegajoso.
-Es la hora.
Cogí sus manos para esconder mi temblor. Las pulsaciones dolían bajo el pecho y la boca acartonada no pronunciaba palabra.

Ahora todo el nerviosismo se ha esfumado. Su piel suaviza el interrogante ¿Seré capaz?
Entre mis manos acaricio su cabeza de melocotón y dejo escapar una sonrisa.

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