Buscar este blog

domingo, 23 de enero de 2011

Intuición

La mente es la máquina más poderosa que jamás el hombre podrá reproducir. Nos impresiona tanto por su capacidad como por lo que desconocemos todavía de ella. Es casi mágico el proceso en que las ideas viajan a través de las neuronas y son reproducidas por el cuerpo que le sirve.

 Como robots cumplimos las funciones que el cerebro nos ordena, simplemente hay que pensar y sucede. «Me pica la nariz» y automáticamente el dedo se dirige al punto y se mueve rozando ligeramente la uña contra la piel, y todo en menos de una milésima de segundo.
Pero entonces me pregunto, ¿de dónde viene la intuición? Se habla mucho acerca del poder que tienen las madres para estar conectados con sus hijos, más allá de cualquier proceso que pueda ser explicado científicamente. Hay quien cuenta la historia de una madre que en mitad de la noche se levanta de la cama de un salto y va hasta la cuna de su bebé quien, aplastado por el móvil, es rescatado en el último momento. ¿Lo creeríais? Si la conocierais seguro que sí.
El primer día que vi su cara tuve la sensación de conocerla de antes, como en un sueño, que a pesar de ver la imagen borrosa sientes una presión en tu interior curiosa, y tratas como en un puzzle de buscarle su lugar en tu pasado. Sin quererlo me encontré en la expedición, siguiéndola atravesando el trigal, perdiéndome entre las altas espigas doradas. El día estaba quieto, caluroso, aburrido. Adormilado, flotando tras sus pasos. Dándose la vuelta me frena con su mano, deteniéndome de golpe. «¿Has oído eso?» me pregunta buscando cualquier sonido, peinándose el mechón detrás de la oreja vuelve a prestar atención al silencio. No escucho ni la brisa que nos roza, pero ella parece percibir algo. Estoy a punto de comenzar a caminar, la noche está a punto de caer, lo siento por los padres pero no había nada que oír —o eso creía— pero ella sisea con expresión seria. «Por aquí» me dice alejándose atravesando el camino. No sé si seguirla o esperarla, no quiero perder de vista al grupo, finalmente voy tras ella.
Un silbido agudo se despierta en mis oídos, casi perceptible, muy tenue para mí, pero no parece tan ligero para ella. Decidida desciende por el borde del precipicio y busca tras unos matorrales. Las ramas secas le arañan el brazo, pero no cesa su empeño y cada vez más rápido busca algo entre ellas. Un bulto envuelto en una sucia manta de color celeste se agita en un aspaviento, ella, emocionada, sonríe aliviada. Mostrándome lo que ha encontrado me quedo boquiabierto. Unos diminutos dedos asoman bajo la arruga de la manta, están amoratados en un tono azulado preocupante. «Lo ha encontrado» pienso callado, sin creer aún que esté pasando realmente, con la respiración contenida en el pecho.

 Como ya he dicho conocerla es la excepción a toda regla. Hay explicaciones que se escapan a la razón y no podemos más que asombrarnos y quedarnos con la boca abierta cuando suceden. La mente es el laberinto más enrevesado que jamás lleguemos a encontrar. Desde el día que la conocí es toda mi compañía, sin preguntas, sin respuestas, simplemente obedeciendo a lo que podríamos llamar… intuición.

No hay comentarios:

Publicar un comentario