Por mucho que el dinero me regale experiencias inolvidables, nada podrá igualar aquella tarde de verano.
Mi abuelo me pasó la azada con firmeza, mientras bajo el sombrero de paja el sudor empañaba su cara. Siempre me había dado repulsión aquel hedor que siempre desprendía cuando éste se mezclaba con la tierra y los pesticidas, pero a partir de aquel día empecé a verle de una forma diferente. Ni su camisa raída ni su canosa barba sin afeitar me harían volver a reprobarle.
—Sujétala con fuerza —me dijo mientras la herramienta bailaba entre mis dedos. Tras escucharle, como no quería que siguiera viendo en mí una niña malcriada, aferré con fuerza los dedos alrededor del mango hasta que se tornaron de un color pálido. Entonces me miró y aguantó una sonrisa, nunca dejaba que viera sus ojos alzarse bajo la arruga de sus párpados. Me pregunté si no se estaría arrepintiendo de haberme dicho que sí.
Cuando le pedí que me enseñara a trabajar el campo como él se quedó callado, yo era muy pequeña, pero ahora me doy cuenta que seguramente estuviera pensando en lo disparatado que le parecía enseñar a una hembra aquel oficio. Yo esperaba de pie frente a él, pacientemente, con la boca tan apretada como podía para que viera lo callada que podía llegar a ser, en lugar de decir lo que pensaba, como normalmente hacía. Envidiaba los cachetes que le daba a mi hermano –quien es un año mayor que yo– cuando hacía una de sus gracias, como el concurso de pedos que estaba manteniendo en ese instante con mi primo. Si a mí se me hubiera ocurrido hacer algo parecido me habría tachado de poco femenina, por no decir otra cosa.
—¡Callad! —les ordenó autoritario, y las risas se cortaron al unísono.
Mi madre dejó de coser el bajo del pantalón y aguardó con expectación hasta el final. Ella, que había crecido a su lado, comprendía lo duro que podía llegar a ser ganarse su cariño. También, cuando tenía mi edad, trató de ganarse su confianza picando en el corral, pero mi abuelo en lugar de agradecérselo le quitó el pico y le pegó un manotazo en la cabeza. Desde entonces no volvió a salirse de sus funciones, dejó que sus tres hermanos fueran los elegidos (aunque ellos se sintieran como si fuera un castigo) que le ayudaban y acompañaban en aquella parcela de su vida, restringida a las mujeres.
—Ahora pégale a la tierra, y continúa el canal —le había visto mil veces hacer aquella misma maniobra, y parecía la cosa más sencilla cuando le veía hacerlo, sin embargo al intentarlo me sentí una completa patosa, subí la azada por encima de mi cabeza y al dejarla caer casi me rebano la punta de los zapatos con ella— ¡Cuidado, chica! —me gritó— Estos filios… —soltó entre suspiros, yo estuve a punto de llorar, le estaba decepcionando, , quizá no estuviera preparada ni tuviera la fuerza necesaria. Pero en lugar de volver a gritarme, se situó detrás de mí y sujetó el mango dejando mi mano bajo la suya, y juntos volvimos a golpear la tierra. Esta vez levanté mucha tierra, como y grité de la alegría cuando vi cómo el canal del riego avanzaba hasta empapar las raíces de la fila que estaba arando.
Por la tarde, mi abuelo me ordenó que fuera al pozo a traer el cubo con un poco de agua fresca. Mientras, él se acercó a la mata para cortar con su navaja unos cuantos tomates de la mata más cercana. Nos sentamos contra el árbol que daba más sombra y tras meter los tomates bajo el agua clara, me ofreció uno sin decir palabra alguna. Sus uñas estaban ennegrecidas y sus manos callosas, a punto estuve de no cogerlo, pero al hacerlo observé que bajo mis uñas el barro también se había acumulado y el asco desapareció. El tomate era de un rojo intenso y brillaba bajo los suaves rayos del atardecer. Le di un gran bocado y el jugo se deshizo sobre mi lengua. Era el manjar más delicioso que jamás hube probado en toda mi vida.
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