No dije que lo sabía. Agaché la cabeza y suspiré avergonzado, sin valor para afrontar su mirada. Mis labios no se despegaron, confirmándole sus sospechas.
Pude evitarle el dolor del recuerdo pero elegí el silencio, creyendo que así la prevenía de lo que pensaba era su infierno.
-¿Por qué? –preguntó con voz desgarrada y gesto comprimido.
Las lágrimas al borde de las comisuras se escaparon de mi control, humedeciendo las mejillas.
A punto estuve de abrir la boca en un perdón, perdón que nunca llegó.
Cuando alcé la cabeza vi cómo se alejaba, para no volver.
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