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domingo, 23 de enero de 2011

Secuelas

Cansado psicológicamente hasta tal punto que la impotencia agotada muestra los despojos de un desecho de contradicciones. Saturado de la incomprensible jerga médica que aún no he conseguido descifrar. Y derrotado de pensar que la única vía de escape a la mente es la de explotar en un infantil llanto, dejándome llevar por el consuelo ajeno.

Sientes el mundo derrumbarse bajo tus pies con cada respuesta incoherente, y retrocedes en tu estado de ánimo con la desesperación de no conseguir un mínimo avance en la terapia. El sueño ajetreado hace que las madrugadas se conviertan en una angustia prolongada.

Miro su cara y no reconozco la dulce mirada que días antes se despedía de mí ante el marco de la puerta. Los ojos pegados duermen  en la ya casi perpetua somnolencia, y la duda vuelve a mi cabeza para fatigarme con una cuestión que me atormenta, ¿habrá un día en que llegue a recordarme?
El pelo apelmazado sobre la pálida piel muestra una imagen que poco se asemeja a la vital chispa que solía desprender, haciéndome cambiar, sin poder oponerme, la imagen que tengo grabada de su recuerdo, comienza a tornarse grisácea, reemplazándose con la nueva apariencia.
El labio superior revela la crueldad de lo que sucedió; deja asomar, por el corte escarpado, la dentadura ahora quebrada. Pero cuando veo los restos que una vez besé, no puedo imaginarme nada más que la suavidad que aún retengo en mi mente. Trato de no pensar en a qué sabrán esos nuevos besos, pues mi única preocupación es que éstos me sean devueltos algún día. Poco importa la aversión que me da si consigo ver ante mí el milagro personificado. Porque ya me han avisado, para que no caigaa en el torbellino insensato de la esperanza, que regresar a aquellos días en los que la cotidianidad pareciera más un alivio que un castigo es tan difícil como que abriera los ojos y me mirara siendo conocedora de lo que le rodea, incluido yo.

Tras un agitado suspiro el delirio interrumpe su descanso. Abre los ojos en intermitentes pestañeos, tratando de aceptar como recuerdo esta habitación, para nada familiar por muchas veces que se vuelva a repetir el mismo suceso. Su mente lánguida esta pausada en aquel fatídico día. Su único y último recuerdo llena y satura cualquier atisbo de cordura, traspasando los límites humanos de la tolerancia al sufrimiento. Veo a través de sus ojos la perturbación y el miedo de lo que su memoria guarda y reproduce una y otra vez. Ya no trato de cogerle la mano para calmarle con dulces palabras, que más tarde terminarían siendo olvidadas, el desasosiego de lo que su recuerdo porfiara, se alimenta de la ya débil resistencia que opone. Pero el temor a la derrota no debe hacerme abandonar y le insisto, a pesar de ser un completo desconocido en los días presentes, a que no deje de luchar contra lo que le hicieron pasar, y reconstruya los días de su pasado como el puzle más enrevesado que su psique esconde.

Impotente, me siento tan impotente que tengo que exploto para luego regresar y continuar, apurando la energía hasta el detrito de mi agotamiento.
La paciencia se convierte en mi única compañera, y juntos esperamos que en esta habitación nazca el fenómeno que dé lugar a los días en los que la monotonía nos conducía a través del indiferente placer que es vivir.

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