Con las manos apoyadas sobre la fría mesa estiro el dedo para rozar temblorosamente su descuidada piel, pero lo evita llevando las suyas sobre el regazo. Contraigo un suspiro ahogado y aprieto con fuerza los labios para callar el grito que se ahoga en mi interior.
La corta distancia nos aleja a cada segundo, cada vez más. Es imposible atravesar el muro que ha levantado, se sumerge en su propio dolor.
A la mente no vienen más que ridículas ideas que hago bien en no pronunciar. Nada conseguiría borrar la angustia que sé está sintiendo.
El incómodo silencio se alarga más allá de lo que las lágrimas pueden aguantar, una surge tan tímidamente que no puede más que rápidamente retirarla con la mano, dejando la mejilla seca para que no llegue a darme cuenta.
Respiro hondo para calmar las pulsaciones, buceando en la impotencia de no saber qué hacer ni qué decir. Miro su cara en espera de una mínima respuesta, pero sus ojos están clavados en las vetas, le permito que continúe en el silencio de su desahogo.
- Me he quedado solo en el mundo –susurra con miedo, como si al salir las palabras de sus labios la verdad se convirtiera en la realidad que se niega a aceptar.
- Me tienes a mí –y como si mis palabras nunca hubieran existido cerró el círculo de su desconsuelo, dejándome fuera.
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