Una mano con uñas ennegrecidas roza el filo de un cristal. Un hilillo de sangre cae sobre un montón de desechos, rápidamente se la lleva a la boca para lamérsela, tragando también el barro acumulado.
Tras unos cascotes metálicos descubre un trozo de tela que en un pasado tuvo un color llamativo pero que ahora presenta un triste naranja apagado tras una capa de suciedad y polvo. Enrollándolo sobre la reciente herida, continúa su labor.
En cuclillas avanza sobre la masa muy ágilmente. A su lado, diversas manos realizan la misma tarea, enseñándose unos a otros los tesoros encontrados, nimios e insignificantes que en días pasados complementaban los retales de una vida.
Cada pocos segundos vuelve la vista al otro lado de la calle, con impaciencia. Desea ver aparecer los "mensajeros cargados de ilusión", como había empezado a llamarles para aplacar con animosidad el dolor constante que palpita en su pecho. Recuerda que numerosos camiones solían aparecer, y el ajetreo aún presente tras el derrumbe se mezclaba con el sonido de las ruedas a través del dificultoso camino, con los gritos de los que corrían tras su estela con las manos en alto, clamando eufóricos con una débil súplica, mientras, con las manos en la boca abierta, mostraban su hambre.
Pero desde hacía varios días los camiones espaciaban cada vez más sus entradas, obligándolos a examinar los mismos sitios explorados miles de veces ya.
Pero es increíble cómo la esperanza, en ocasiones, hace superar el miedo a no caer en el olvido. Y a pesar de lo difícil que se les hace no pensar en los huecos de los que ahora no están, cada noche regresan a las tiendas de campaña, optimistas porque en la mañana siguiente regresen sus días de alegría y la esperanza de poder pasear por las calles despejadas de coches tirados por en la carretera y los edificios levantados sobre la calzada.
De que regresen las risas que antes llenaban cada rincón.
Con la cara embadurnada de los restos de la ciudad mira al otro lado de la calle deseando ver aparecer a alguien que le haga superar un día más.
Tras unos cascotes metálicos descubre un trozo de tela que en un pasado tuvo un color llamativo pero que ahora presenta un triste naranja apagado tras una capa de suciedad y polvo. Enrollándolo sobre la reciente herida, continúa su labor.
En cuclillas avanza sobre la masa muy ágilmente. A su lado, diversas manos realizan la misma tarea, enseñándose unos a otros los tesoros encontrados, nimios e insignificantes que en días pasados complementaban los retales de una vida.
Cada pocos segundos vuelve la vista al otro lado de la calle, con impaciencia. Desea ver aparecer los "mensajeros cargados de ilusión", como había empezado a llamarles para aplacar con animosidad el dolor constante que palpita en su pecho. Recuerda que numerosos camiones solían aparecer, y el ajetreo aún presente tras el derrumbe se mezclaba con el sonido de las ruedas a través del dificultoso camino, con los gritos de los que corrían tras su estela con las manos en alto, clamando eufóricos con una débil súplica, mientras, con las manos en la boca abierta, mostraban su hambre.
Pero desde hacía varios días los camiones espaciaban cada vez más sus entradas, obligándolos a examinar los mismos sitios explorados miles de veces ya.
Pero es increíble cómo la esperanza, en ocasiones, hace superar el miedo a no caer en el olvido. Y a pesar de lo difícil que se les hace no pensar en los huecos de los que ahora no están, cada noche regresan a las tiendas de campaña, optimistas porque en la mañana siguiente regresen sus días de alegría y la esperanza de poder pasear por las calles despejadas de coches tirados por en la carretera y los edificios levantados sobre la calzada.
De que regresen las risas que antes llenaban cada rincón.
Con la cara embadurnada de los restos de la ciudad mira al otro lado de la calle deseando ver aparecer a alguien que le haga superar un día más.
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