La bala, en la sien, fue lo que finalmente la mató. Ni las constantes palizas, ni el derrame de hacía unos meses. Se acabó el esconderse de los vecinos, y el tapar con maquillaje los moratones. Justo cuando el proyectil entraba a través de la piel quemada sintió el dolor desaparecer, ése que le quitaba la respiración y le hacía temblar.
Su última imagen fue a quien creía que más la quería dejando la pistola sobre la mesa y cerrando la puerta tras sus pasos, le esperaban para cenar.